Vives en una realidad personal, y no por ser la que has elegido es la que quieres. Trabajas, impulsado por la rutina y el sentido del deber, por la seguridad de tu futuro, por papá y mamá. Por lo que sea. Pero no trabajas porque quieres. En el momento en que conviertes aquello que te gusta y deseas en una obligación, un compromiso, pierde su encanto. Da igual que quieras hacerlo, no lo haces para ti. Construyes un presente y un futuro que te han vendido como correctos, peor aún, que tú mismo te has hecho ver como buenos, adecuados; en cierto modo, eres un esclavo egipcio: te gustaría estar comiendo uvas a la sombra de un oasis, o en la orilla del Nilo viendo a los cocodrilos devorar estúpidos rumiantes, pero ahí estás, con tu taparrabos, construyendo Kheops.
Te despiertas. Te despiertas al lado de alguien que quieres, y eso debiera bastar, porque no concibes un despertar mejor. Pero te despiertas, y piensas, y miras abajo, dónde miles de esclavos egipcios arrastran piedras, y se mutilan y los látigos les despellejan y mueren jóvenes y sin conocer hembra placentera. Y te gustaría ir a gritarles a todos que soltaran las piedras, y pacíficamente se dedicaran a tocarse los huevos y vivir lo que les queda de vida… Pero no puedes. Por que ya estás en medio de la pirámide, ya has llegado demasiado alto y demasiado lejos construyendo Kheops.
