

Maldito sea mil veces el HTML!
Ringa pakia! | Golpea las manos contra los muslos! | ||
Uma tiraha! | Infla el pecho! | ||
Turi whatia! | Dobla las rodillas! | ||
Hope whai ake! | Sigue con la cadera! | ||
Waewae takahia kia kino! | Golpea tus pies contra el suelo lo más fuerte que puedas! | ||
Ka mate, ka mate | Puedo Morir, Puedo Morir | ||
Ka ora, ka ora | Puedo Vivir, Puedo Vivir | ||
Ka mate, ka mate | Puedo Morir, Puedo Morir | ||
Ka ora, ka ora | Puedo Vivir, Puedo Vivir | ||
Tēnei te tangata pūhuruhuru | Este es el hombre peludo* | ||
Nāna nei i tiki mai whakawhiti te rā | Que trajo el sol y lo hizo brillar de nuevo | ||
Ā upane, ka upane | ¡Un paso hacia arriba! ¡Otro paso hacia arriba! | ||
Ā upane, ka upane | ¡Un paso hacia arriba! ¡Otro paso hacia arriba! | ||
Whiti te rā, hī! | ¡El Sol Brilla! |
Aquí, en la comisaría, debo esperar para todo. Espero para que me tomen declaración, y mientras espero a que me llamen para un interrogatorio más extenso, espero para poder entrar en el baño. Al fin me llaman y me meten en una salita fea, en la cual estamos una mesa de plástico, un policía, una taza de café y, al otro lado de la mesa, yo. Al sentarme comienzo a explicarle al agente que tengo que hacer una sesión fotográfica a las doce en punto (y es verdad), y sólo faltan diez minutos para esa hora. Me pregunta que si el modelo, en esta ocasión, está vivo y es mayor de edad. Obviando su peculiar sentido del humor, me resigno a perder otro trabajo.
Una hora después, convencido el policía de que no soy un delincuente, sino sólo un imbécil, salgo de la comisaría, y con el dinero destinado a la comida pago un taxi para que me lleve al laboratorio fotográfico de un amigo. Mi tripa me gruñe algo sobre el desayuno que tampoco he tomado, y discutimos durante todo el trayecto. El taxista me perdona los 75 céntimos que me faltan para pagar la carrera completa, y se lo agradezco mientras arranca empapándome de Co2 e ignorándome con auténtica diplomacia.
Le entrego la primera tarjeta de memoria a mi amigo, y le pido que para la noche me tenga reveladas las fotos del muerto. Mi amigo no hace preguntas, y además me permite hacerme un bocadillo de jamón. Tengo pocos amigos, pero todos son como éste, y eso es un alivio. Le doy las gracias y me voy, dejándolo ocupado con su ingente colección de pornografía. Ocupo la tarde en mi otro trabajo: camarero en la única cafetería que me aceptó a pesar de tener el pelo largo, y ser bastante feo. Cerramos hacia las dos de la mañana, y me dirijo de vuelta a casa de mi amigo.
No soy tan desconsiderado como parece; sé que a estas horas lo encontraré despierto, aunque también sé que no tendrá ganas de verme, ni de ver a nadie. Cuando cae la noche, mi amigo se deprime y se inyecta morfina, y ve películas en blanco y negro. Mi amigo quiere ser poeta, y odia su trabajo como revelador de fotografía. Por eso revela las mías con el dinero y el material de sus patrones.
Cómo imaginaba, no tiene ganas de verme, y por el balcón me arroja un sobre con las fotografías dentro. Emprendo el camino de vuelta a casa, y reflexiono. Dejando de lado que los periódicos ya deben estar todos servidos de sangrientas fotos para la edición de mañana… ¿Qué sé de Pablo? Su nombre. Y que es calvo, y carpintero. Ignoro si tiene familia, mujer, hijos. Ignoro si habrá alguien anegado en lágrimas ahora, preguntándose porqué. Alguien que recuerde que Pablo tenía los ojos azules. Pero, reflexiono, si lo hay, ¿querría ver mañana los desorbitados ojos azules de Pablo en primera plana? ¿Querría verlo amortajado en sábanas recién lavadas, con la calva descansando en un discreto charquito de sangre?
El barrio en el que vivimos Pablo y yo no tiene muy buena fama en la ciudad. En ciertos callejones hay vagabundos que viven en cajas de cartón, que se calientan por la noche quemando basura. Algunos de ésos vagabundos querían ser poetas, cómo mi amigo, y ahora sólo son cirróticos o seropositivos, pero se saben de memoria a Cortázar, a Benedetti o a Lord Byron. Entro en una de esas callejas y saludo con educación a uno de ellos, que con un gesto me invita a calentarme las manos en el mismo cubo de basura que él. Agradezco con la cabeza, y tras entibiarme los dedos un rato y comentar banalidades con el vagabundo, extraigo las fotos del sobre y las voy echando a las llamas, mientras él me contempla sin hacer preguntas. Si tuviera veinte años menos, podría haber sido mi amigo.
Le digo “buenas noches”, y comienzo a andar hacia casa, pensando que sería hermoso poder quemar todos los recuerdos desagradables en una pequeña hoguera, y simplemente seguir caminando en cualquier dirección, con las manos en los bolsillos del pantalón.